
Dolce Mercato no solo importa productos de Venezuela, Colombia y Perú: importa memoria, identidad y orgullo, acercando a cada hogar el sabor que reconcilia la distancia y transforma la nostalgia en celebración cotidiana en pleno centro de Rancagua.
Por: Exequiel Aleu y Sebastián Aleu / RancaguaTV

En calle Cuevas 765, a pasos de San Martín, hay un local que no solo abre sus puertas: abre memorias. Abrió el 2 de febrero, pero su historia comenzó mucho antes, en la convicción profunda de que la gastronomía también es identidad, abrazo y pertenencia.
Detrás del proyecto está Diego Andrés Ibacache Osandón, ariqueño, nortino de frontera, hombre acostumbrado a convivir con acentos distintos y ollas compartidas. Desde esa experiencia nació Dolce Mercato, una propuesta que entiende que Chile no es una isla culinaria, sino un cruce de caminos.
“Queremos que encuentres un rinconcito de lo tuyo y te vayas feliz a tu casa”, dice Diego. Y en esa frase está el corazón de su negocio.
Un país que se construye también desde la mesa
Chile ha sido moldeado por oleadas migratorias que dejaron huella en la arquitectura, en el comercio y, sobre todo, en la cocina. Italianos, españoles, palestinos, chinos, peruanos. Hoy, venezolanos, ecuatorianos y colombianos enriquecen la mesa cotidiana con sabores que ya no resultan ajenos: arepas, tequeños, empanaditas, café intenso y chocolates de carácter.

El chileno —a veces más tímido frente a lo desconocido— comienza a descubrir que la harina de maíz es tan esencial para una familia venezolana como la harina de trigo para el pan nuestro de cada día. “Una familia puede consumir un kilo diario”, explica Diego. No es un lujo, es cultura.
Por eso en Dolce Mercato la harina de maíz —como la tradicional Harina PAN— convive con marcas como Cusco, ofreciendo alternativas accesibles, sin gluten y versátiles: arepas, tortillas, galletas, incluso reinterpretaciones del pastel de choclo.
Aquí no se trata solo de vender productos. Se trata de tender puentes.
Marcas que cuentan historias
En las estanterías conviven recuerdos de infancia y descubrimientos para el paladar chileno. El café colombiano —como el emblemático Juan Valdez— habla de montañas cafeteras y de mezclas entre arábica y robusta que dan aroma y carácter.

Más allá, un tarro de Pirulín promete ese gusto “premium” que en Venezuela acompaña citas, cine o celebraciones pequeñas. Los chocolates de Savoy, el clásico Samba o el Cococete despiertan sonrisas instantáneas en quienes llevan años lejos de casa.

Y también hay hallazgos que sorprenden al público local: el chocolate Corona en barra, pensado para espumar con bolinillo y convertir una taza caliente en ritual; la Nucita colombiana; o los dulces de Colombina, que muchos chilenos consumen sin saber que vienen del corazón de Colombia.
Porque, como recuerda Diego, “ya compartimos más de lo que creemos”.
Creatividad sin fronteras
Para él, la cocina es libertad. “Antes la cazuela tenía que ser de una sola forma. Hoy la gastronomía se abre”. Y en esa apertura caben la leche de coco para un arroz caribeño, un batido proteico o una salsa inesperada; caben las arepas hechas en tostador metálico, vuelta y vuelta, hasta dorarse; cabe la reina pepiada con pollo y palta que enamora al primer bocado.

Dolce Mercato no solo vende al detalle. También distribuye punto a punto en la región, desde San Francisco hasta San Fernando, apoyando a almaceneros y ofreciendo precios mayoristas accesibles incluso por unidad. En una ciudad donde el costo de la vida se siente, el ahorro también es un acto ético.
Más que comercio: dignidad
Hay algo profundamente humano en este proyecto. El migrante que camina cuadras buscando su harina de maíz. La madre que quiere preparar el dulce que calma la nostalgia de sus hijos. El trabajador que, después de una jornada larga, necesita un sabor que lo devuelva por un instante a su tierra.
Dolce Mercato acerca esa posibilidad.

No es solo un almacén multicultural. Es una declaración: Chile se enriquece cuando se atreve a probar. Cuando entiende que detrás de cada producto importado hay familias, historias y esfuerzo directo de quienes, como Diego, apuestan por traer “el ADN de afuera” con responsabilidad y amor.
El eslogan del local lo resume todo: “Hecho con amor”.
Y quizás de eso se trata esta nueva etapa gastronómica en Rancagua: de entender que compartir el pan —o la arepa— es, al final, la forma más simple y más épica de construir comunidad.
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